El hombre que quiso huir de su sombra.
9, 20 de 2005-08-20 de 2005

Hace tiempo vivió alguien, a quien algunos llamaron hombre, cuya vida se convirtió de repente en una pesadilla de la que quiso despertar.
Todos sabemos que las pesadillas no son eternas y que, tarde o temprano, uno se despierta, sintiéndose de algún modo mejor, al darse cuenta de que la realidad no es tan mala como el sueño.
Este hombre al que muchos llamaban soñador y al que nosotros a partir de ahora llamaremos simplemente “S”, vivía, como su apelativo indica, en un sueño constante.
Soñaba con cambiar el mundo, con cambiarse a sí mismo, con cambiar a los demás y, aunque de esto no era consciente, con que realmente apareciera algo o alguien que le hiciera cambiar y dejar de querer cambiarlo todo.
Soñaba con utopías políticas en las que la gente se daba cuenta de su poder y lo ejercía, implicándose y preocupándose de quienes nos gobiernan. Soñó que todas las personas tomaban conciencia de que el resto del mundo no les era lejano, y la semilla de la solidaridad germinaba en ellos, sintiéndose por fin humanos.
Soñaba con mundos justos, con amores eternos, con amistades verdaderas, con viajes exóticos, con días soleados y vientos en calma, con tormentas que limpiaban atmósferas contaminadas y con cualquier cosa que un auténtico soñador pudiera imaginar.
S llevaba mucho tiempo de su vida soñando, el suficiente como para no distinguir con claridad la frontera entre la realidad y su fantasía.
Pero no todo era bello y claro en el mundo de S; también había pesadillas, temores que amenazaban las ganas de seguir soñando, de seguir viviendo, de nuestro protagonista.
Bueno, lo de protagonista es algo no demasiado exacto, porque S nunca se sintió centro de nada; para él no había nada ni nadie que girase alrededor suyo; no digo que no lo hubiera; lo cierto es que él nunca lo sintió así.
Un día fue consciente de que tanto sueños como pesadillas habían avanzado un trecho y se habían establecido fuera de su hábitat natural que era el sueño. O tal vez es que el mundo real se había reducido; el caso es que los procesos típicos del sueño se materializaban en objetos, fenómenos, personas o cualquier elemento de la vida real.
La forma de una nube le recordaba a un padre y eso le indicaba entonces que hacía mucho tiempo que no tenía una conversación de hombre a hombre con su progenitor.
Un pájaro muerto en el suelo, ante una cristalera invisible a sus ojos, le hablaba de que a veces no vemos el peligro e incluso nos abalanzamos contra él sin saberlo.
Una canción le mostraba mensajes esperanzadores, que hablaban de equilibrios y de calmas emocionales. Otras le recordaban las tormentas cuyos rayos partían en dos.
El caso es que poco a poco fue siendo consciente de que casi todos sus miedos, casi todos sus temores, pesadillas y angustias se concentraban en él mismo, no en cosas externas. Sus temores iban con él, le acompañaban y le impedían dejarse llevar y disfrutar de cualquier momento. Siempre había un pero, siempre un porqué y un hasta cuándo. Dudas, preguntas que evitaban que fuera feliz.
Una noche, al volver a casa paseando, tuvo la extraña sensación de que era observado. Sintió que algo oscuro se cernía sobre él, como si fuera a estrangular la pequeña felicidad que atesoraba su corazón en aquel instante. Entonces la vio.
Era su sombra. Ahí se había concentrado todo el lado oscuro de S. Por eso cuando se sentaba a escribir de sus manos no salían más que palabras tristes, historias trémulas; era la sombra de su cabeza que se proyectaba sobre sus dedos y los obligaba a crear realidades funestas.
Por la noche su mente maquinaba tristes futuros, había menos brillo en sus ojos, y el reino de la sombra se hacía más fuerte. Cuando paseaba podían verse incluso varias sombras que le rodeaban.
S lo vió tan claro que quiso echar a correr, a volar incluso para avanzar más rápido que esa sombra, para escapar de su influjo y conseguir ser feliz; y lo que más quería, transmitir esa felicidad a los que eran importantes para él.
Y corrió, y corrió más aún. Y al principio no pudo despegarse de ella. Parecía imposible esquivar la atracción de su sombra, como si en el fondo, fuera una parte más de su cuerpo, de su vida y no pudiera separarse jamás.
Pero de tanto intentarlo, un día, se dio cuenta de que ya no tenía sombra, de que la había dejado atrás. Consiguió tal velocidad que superó ese límite que ata a los humanos a su lado oscuro.
Entonces dejó de hacerse preguntas, dejó de diseccionar sentimientos y personas, se dejó llevar por sus apetencias y gustos. Olvidó el pasado y el futuro, la velocidad le hizo capaz de realizar muchas actividades, de compaginar tareas, de llegar a lugares que parecían demasiado lejanos. Pensó que era feliz.
S dejó de tener preocupaciones y marchó por la vida con el viento en popa.
El problema que empezó a notar, fue que había tomado tal velocidad, que parecía que incluso su alma caminaba unos metros por detrás de él. Se había alejado también de sus sentimientos, de su corazón: intentó sentir y no pudo. Dios! Debía pararse un poco para dar tiempo a que el alma volviera a entrar en su cuerpo.
Lo hizo, pero entonces, inexpugnable, incansable, viniendo desde el horizonte lejano, la sombra se acercó de nuevo.
Todos sabemos que no es bueno que un alma permanezca fuera del cuerpo por mucho tiempo, corre el riesgo de perderse para siempre, como el pez que pasa demasiado tiempo fuera del agua.
S, entendió que debía elegir entre el sentimiento pleno y esa felicidad; comprendió que si quería volver a tener alma, tenía que parar, darse la vuelta, levantar los puños y esperar a que su sombra apareciera.
Y entendió que no podría esperar al último momento, en el que estuviera agotado de correr y necesitara frenar y descansar. No es bueno combatir con las sombras cuando estás roto por el esfuerzo.
Bajó la cabeza, miró al suelo, se giró y alzó de nuevo la vista, con miedo, con terror, pero convencido de que tendría que volver a luchar con su sombra, consigo mismo, para poder recuperar y defender lo que nunca debió dejar atrás, su alma.
Por Juan Cosaco |
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En: Escritos literarios |
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A las personas como S les rodea gente que está dispuesta a pelear con sus puños para que S recupere su alma sin que esa sombra se cierna sobre él. Espero que los soñadores no dejen de serlo porque no tengan fuerzas para pelear con sus sombras.
Hace poco, en un bar donde todo se proyectaba en sombras me preguntaron: ¿y tú dónde tienes el Alma? Dije: por todo el cuerpo... ¡Qué respuesta tan bonita! Pero no contestaba yo. Dejé que respondiera mi sombra. Y es que en ciertos casos parece que sólo las sombras saben que responder a tiempo.
Un beso.