África.

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Me siento como un sentimiento no sentido, sin sentido, sin presente.
Me presento como la palabra precisa que no aparece en el instante oportuno de una conversación, quedando en el mundo del silencio, y más tarde se recuerda...
Me acuerdo de un paraguas olvidado en un armario que escucha el portazo de alguien que sale de casa y el rumor de la lluvia tras la ventana cerrada...
Me cierro como el último libro del estante más alto de una biblioteca, que tiene la respuesta a lo que se pregunta un estudiante, sentado, pensativo y que lo mira sin ver...
Me veo en la fruta que sufre en silencio su proceso de putrefacción, sepultada debajo del montón de otras muchas, que miran hacia arriba, a un lado... sólo una mira bien, pero igualmente calla.
Me callo como una lágrima que no fluye, que se siente retenida y feliz en su cárcel espera no salir jamás del ojo que no quiere verse en el espejo de la razón fría...
Me hielo como el escalofrío que recorre mi espalda y mis tripas en los momentos malos, comprendiendo que no tiene sentido su pequeño y repetitivo viaje a través de mi cuerpo estático...
Me paro, para no ser portador de malas nuevas, como el crack anunciador de la llave que se rompe en la cerradura forzada...
Me fuerzo a hablar, atrapando el aire temeroso de ser aspirado por mi boca, que tiene miedo a condensar y perder su esencia dentro de mi.
Me interno en los pulmones pero no me escucho. Sólo oigo las ráfagas del teclado que aporreo en esta noche, sin otra esperanza que dejar de sentir hoy y seguir sintiendo, mañana.
Te quiero avisar, como el primer pedazo de tierra que cae en el borde de un precipicio, asustado por el hecho de no haber prevenido a tiempo al pie que lo pisaba...
Sólo siento sentirme Sola. Sólo quiero sentirme querida.